Surapin Panya devuelve el brillo a The Oriental, en el Hotel Botánico

La llegada de la chef tailandesa devuelve brillo, autenticidad y altura a uno de los restaurantes más memorables del norte de Tenerife, un lugar al que sigo regresando también por todo lo que significa para mí.

21 marzo, 2026
- Por
Cris Hernández / GastroCanarias

Hay restaurantes que una recuerda por lo que comió. Y hay otros, menos, que una recuerda por lo que vivió en ellos. A The Oriental, en el Hotel Botánico, no vuelvo solo por la cocina. Vuelvo porque forma parte de mi memoria. Porque fue uno de esos lugares que, durante años, asocié a las celebraciones, a las noches especiales, a los momentos que una quiere guardar. La primera vez que lo visité fue en 2002 y todavía hoy recuerdo la impresión que me causó: aquella estética serena, aquel exotismo elegante, aquella cocina desconocida para mí, aquella sensación de estar entrando en un restaurante distinto, sofisticado, con personalidad y con una cocina capaz de transportarte a otro mundo. Y todo esto, además, capitaneado por otra mujer, Riak J, chef ejecutiva del hotel, que está generando un aire fresco en toda la restauración del hotel.

Por eso regresar ahora no era, para mí, una cena cualquiera. Era volver a un lugar que había ocupado un sitio importante en mi historia personal. Y también comprobar si seguía ahí lo que un día lo convirtió en uno de mis restaurantes favoritos de Tenerife.

La buena noticia es que sí. Pero, además, hay algo más: The Oriental vuelve a brillar. Después de uno años con cierto desgaste y quizás no encontrar el perfil adecuado para su cocina, comienza a brillar de nuevo. Y buena parte de ese brillo tiene nombre propio: Surapin Panya.

Su llegada ha supuesto mucho más que un relevo en la cocina. Ha devuelto pulso, autenticidad. En mi opinión, Surapin ha vuelto a situar a The Oriental entre los restaurantes de cocina exótica más importantes de la isla. En tiempos en los que muchos restaurantes parecen diseñados para durar lo mismo que una moda en redes sociales, resulta casi conmovedor encontrar un lugar que conserva su identidad. La estética clásica de The Oriental apenas ha variado en casi veinte años. Y lejos de restarle interés, eso hoy le da valor.

Pero un restaurante no vive solo del recuerdo. Vive de lo que ocurre en la mesa. Y ahí es donde ´Pin´, como la llaman sus compañeros de forma cariñosa, ha sido decisiva.

Hay cocineras que llegan a una casa y la entienden. Que no entran arrasando, sino afinando y que saben leer el alma del lugar y devolverle fuerza sin romper su esencia. Su cocina tiene autenticidad, precisión y una forma muy honesta de expresar la tradición tailandesa.

Y eso se percibe claramente en algunos de los platos que hoy sostienen el discurso de la casa. La lubina frita al curry, vinculada a la receta familiar de Pin, tiene ese tipo de profundidad que solo poseen los platos que nacen de una memoria culinaria real. El pato laqueado, trabajado con un proceso largo y minucioso, devuelve a la mesa algo que hoy escasea: tiempo, rigor y elaboración de verdad. La panceta glaseada con salsa picante de tamarindo tiene el poder de esos platos que entran ya en la categoría de imprescindibles. Y el curry rojo recuerda, con una claridad rotunda, por qué la cocina tailandesa bien hecha sigue siendo una de las más complejas, armónicas y seductoras del mundo.

Y luego está la otra gran virtud de The Oriental: la sala.

Qué importante sigue siendo, y qué poco se valora a veces, un servicio cuidado, clásico, amable y profesional. Esa manera de atender que acompaña sin invadir. Ese saber estar que no necesita sobreactuar. The Oriental, al igual que todo el hotel, mantiene esa cultura del servicio que hoy empieza a escasear y que, sin embargo, sigue siendo una de las señas más claras de la buena restauración.

A mí, personalmente, esta vuelta me ha emocionado porque no solo he regresado a un restaurante que fue importante en mi vida. He regresado a un lugar que conserva su alma, su atmósfera y su elegancia, pero que además vuelve a tener una cocina que emociona, que representa y que sostiene el prestigio de la casa.

No siempre sucede. No siempre una vuelve a un sitio querido y descubre que sigue estando ahí, pero mejor.

Y para quienes lo llevamos en la memoria desde hace años, eso no es poca cosa. Es, sencillamente, una alegría.

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