Ria Jahnke ordena y afina La Parrilla: el Botánico recupera uno de sus grandes valores

06 abril, 2026
- Por
Cris Hdez / GastroCanarias

Confieso que a mí me sigue emocionando el servicio en mesa. Me emociona porque cada vez queda menos. Porque en un momento en el que todo parece ir hacia lo rápido, lo práctico, lo informal y lo supuestamente relajado, encontrarte con un restaurante que todavía entiende el valor del gesto y del ritual es casi un acto de resistencia.

Y claro que una va a fijarse en el producto, en la carta, en la coherencia de la propuesta, en la bodega y en los precios. Pero antes incluso de todo eso, hay algo que se percibe y es que hay una intención renovada. Aquí hay alguien mirando.

La llegada de Ria Katharina Jahnke como chef ejecutiva del Hotel Botánico desde 2024 se está notando. Y se nota en lo importante, que no siempre es lo más mediático. No hablo de una cocina que necesite levantar la voz para hacerse ver. En el caso concreto de La Parrilla, eso se percibe con más claridad aún desde la remodelación del restaurante en verano de 2025, momento a partir del cual Ria pasa también a estar al frente de una carta reformulada, más afinada y con más intención.

No está de más recordar quién está detrás de este giro. Ria no llega aquí por azar ni por pura inercia. Llega con recorrido, con premios, con concursos y con un camino serio. Entre sus hitos figuran el Campeonato de España de Ensaladilla Rusa Gourmets 2017, su condición de finalista del primer Concurso Chef Balfegó 2017, el premio al mejor maridaje en el concurso Tapas Negrini en Madrid Fusión 2019, la final de Olivier Roellinger 2019, además de otros reconocimientos posteriores que confirman una trayectoria construida con trabajo y oficio.

 

 

Un restaurante como La Parrilla no solo tiene que cocinar bien. Tiene que sostener una realidad bastante más compleja que la de un restaurante de calle. Está dentro de un gran hotel, con clientela internacional, con volumen, con el engranaje que implica la media pensión, con la obligación de ser amplio sin perder nivel. Y precisamente por eso, cuando una carta logra tener coherencia en medio de toda esa maquinaria, hay que decirlo. No es fácil.

Aquí hay una voluntad clara de convertir La Parrilla en un restaurante de producto, de calidad, de servicio, de esos donde el precio acompaña a la propuesta sin que el hecho de estar dentro de un hotel de lujo castigue al comensal por deporte. Y eso también se agradece. Porque ya está bien de asumir que el lujo tiene que venir con un peaje absurdo. El lujo de verdad no es cobrar más. Es justificar mejor cada detalle.

Hay cosas que hablan muy bien de esta nueva etapa. Los pescados, por ejemplo. El cuidado del pan de masa madre. El valor añadido de un carro de quesos bien pensado, con el asesoramiento de Queso Project. El deseo de recuperar gestos que ennoblecen la experiencia: el corte del salmón marinado en mesa, el steak tartar preparado delante del cliente, el suflé servido como lo que debe ser: un pequeño acontecimiento. Y no solo eso. Viendo la carta, hay varios platos que, por su naturaleza, por su estilo y por el tipo de restaurante que quiere ser La Parrilla, invitan claramente a ese mismo lenguaje de sala.

Y en esa experiencia hay nombres propios que también conviene poner en valor. Entre ellos, el de Raúl Cobos, cuya presencia en sala confirma algo que para mí siempre acaba marcando la diferencia: cuando a uno le gusta su oficio, no puede evitar que se note. Se nota en la forma de estar, en la seguridad sin arrogancia, en la manera de acompañar, de explicar, de aparecer en el momento justo y desaparecer cuando toca. Ese tipo de profesionalidad no se improvisa. Tiene que ver con el oficio, sí, pero también con el placer de hacer bien las cosas. Y eso, en hostelería, vale muchísimo.

 

 

 

Bullabesa, chateaubriand, soufflé, salmón marinado y cortado en mesa, trinche de pescados y carnes a la parrilla, carro de quesos. Sobre el papel, alguien podría pensar en un restaurante clásico, afrancesado, casi suspendido en la memoria de aquella hostelería elegante de los 80 y los 90. Pero no. Estamos en 2026, en el norte de Tenerife, en un hotel que ha decidido no rendirse del todo a la fiebre de las fusiones, las piruetas y las modas pasajeras. Aquí el tiempo se detiene un poco. Y tras algunos momentos sombríos, este regreso a un cierto clasicismo gastronómico no suena antiguo: suena oportuno. Y, sobre todo, se agradece.

Vivimos tiempos en los que a veces parece que todo tiene que ser desenfadado, casi desaliñado, para resultar contemporáneo. Como si la elegancia clásica, la formalidad amable o el servicio con cuidado hubieran quedado viejos. Y no. Lo viejo no es la buena educación. Lo viejo es hacer las cosas sin alma.

La Parrilla va por ahí ahora. Y ojalá siga profundizando en ese camino. Porque cuando un restaurante de hotel decide estar a la altura de su propia casa, gana el cliente, gana el destino y gana también una forma de entender la hostelería que nunca debimos dejar arrinconada.

A mí, desde luego, me reconcilia.

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