
Hay ponencias que pasan por un escenario y se quedan ahí. Y luego hay otras que deberían salir del salón, cruzar la puerta, meterse en los obradores, en las cocinas, en las cafeterías, en los restaurantes y hasta en las cabezas de quienes están intentando levantar una marca gastronómica sin morir sepultados por el algoritmo. La de Isabel Pérez, más conocida como Aliter Dulcia, pertenece claramente a ese segundo grupo.
En GastroCanarias 2026, Isabel vino a hablar de cómo construir una marca con sentido, pero en realidad habló de algo mucho más profundo: de identidad, de coherencia, de paciencia, de no vender el alma al reel de moda y de tener el valor de sostener una voz propia cuando todo alrededor empuja a parecerse a los demás. Vamos, de no copiar todo lo que vemos y empezar a pensar en quiénes somos.
Hoy todo el mundo puede hacer una foto bonita. Todo el mundo puede poner una música viral. Todo el mundo puede grabar una tarta cortándose en cámara lenta, un café cayendo perfecto o una mesa preciosa con luz de atardecer. El problema es que, cuando todo el mundo hace lo mismo, nadie se queda en la memoria. Y ahí está el quid de la cuestión: publicar no es comunicar.
Puedes subir diez vídeos al día y no estar diciendo absolutamente nada. Puedes tener un feed impecable y no tener marca. Puedes hacer lo que está funcionando ahora mismo —cheesecakes, cookies gigantes, pistacho, cinnamon rolls, locales con colores brillantes y cajas monísimas— y aun así ser una más en una marea de proyectos que se parecen demasiado.
La marca, defendió Isabel, no nace en Instagram. Instagram puede ayudar, amplificar, empujar, hacer ruido. Pero una marca de verdad nace en otro lugar: en lo que alguien siente cuando piensa en ti. Y eso es otra liga.
Una marca no es un logo bonito. No es una tipografía. No es una paleta de colores. No es una cuenta ordenada. Una marca es que alguien diga: “tienes que ir allí”. Es que alguien recomiende tu local porque sabe que va a quedar bien. Es que un producto tuyo se instale en la cabeza de la gente. Es que te recuerden. Es que quieran volver. Isabel lo sabe porque no lo ha leído en un manual. Lo ha vivido.
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Antes de ser Aliter Dulcia, fue profesora de Historia del Arte en la Universidad de Oviedo. Hace 17 años abrió un blog de repostería cuando todavía no existía esta fiebre del reel, ni TikTok, ni el algoritmo jugando al escondite con nuestras publicaciones. En aquel blog, las recetas eran una excusa para contar historias. Una tarta podía llevarte a Sissi, a Viena, a un cuadro, a una anécdota histórica. Había relato. Había mundo. Había una mirada. Eso no tiene precio.
Después llegó su pastelería en Gijón, en 2012, con un concepto que entonces no era nada evidente: pastelería, escuela de cocina y café con alma de salón de té. En Asturias, tierra de dulces tradicionales, ella decidió no hacer lo mismo de siempre. No abrió para copiar lo que ya existía. Abrió para contar algo propio. Ahí empieza la primera gran lección: si quieres construir marca, tienes que saber quién eres.
Parece fácil, pero no lo es. Porque el mercado tienta. Las redes tientan. La moda tienta. Ves que algo funciona y piensas: “vamos a hacerlo también”. Y de repente tu proyecto empieza a dar bandazos. Hoy eres una cosa, mañana otra, pasado otra. Y cuando quieres darte cuenta, ya no tienes personalidad: tienes un catálogo de tendencias.
Isabel lo explicó muy bien con sus famosos limoncitos, esos pequeños bizcochos de limón que se convirtieron en producto reconocible, viajaron por toda España y acabaron siendo copiados incluso en el nombre. Pero ahí está la clave: te pueden copiar una forma, una estética, una idea. Lo que no pueden copiar es tu sensibilidad. Y en gastronomía, la sensibilidad es el verdadero patrimonio.
La segunda gran palabra de su ponencia fue coherencia. Bendita coherencia. Esa cosa tan obvia y tan poco practicada. Todo comunica. La vajilla comunica. La música comunica. El uniforme comunica. El tono con el que contestas un mensaje comunica. El packaging comunica. El precio comunica. La limpieza del local comunica. La cara de quien te atiende comunica. Hasta el silencio comunica.
No puedes prometer una experiencia cuidada y luego entregar el pastel en un cartón triste con un tenedor de madera como si aquello fuera el final de una fiesta patronal sin presupuesto. No puedes vender exclusividad y tener el local dejado de la mano de Dios. No puedes hablar de delicadeza y tratar al cliente con desgana. No puedes construir una marca sólida si lo que dices y lo que haces no se parecen. La coherencia es la estructura invisible de una marca. Lo que hace que todo encaje. Lo que permite que la gente entienda quién eres sin que tengas que explicarlo cada cinco minutos.
Y luego está la dirección. Saber hacia dónde vas. Tener un proyecto. No abrir un negocio porque has visto tres cuentas de Instagram que lo están petando. No montar una pastelería porque sabes hacer cookies en casa y tus amigas te dicen que están buenísimas. No copiar el local de Barcelona, la carta de Madrid y la estética de Copenhague esperando que de esa ensalada salga una marca. Spoiler: no sale. Una marca con sentido necesita intención. Necesita discurso. Necesita una razón para existir más allá de vender.
Y por último, Isabel habló de la experiencia. Y aquí estuvo, para mí, una de las partes más bonitas de su intervención. Puso el ejemplo de la tarta Sacher en Viena. Esa tarta que quizá no es la más jugosa, ni la más emocionante para todos los paladares, pero que nadie quiere perderse cuando viaja a la ciudad. ¿Por qué? Porque no estás comprando solo una porción de tarta. Estás comprando historia. Estás comprando ritual. Estás comprando pertenencia. Estás comprando el “yo estuve allí”.
Y yo me pregunto: ¿a qué estamos tardando en hacer eso mismo con nuestra repostería más emblemática? ¿Por qué no hemos hecho como Baleares que ha conseguido que no haya nadie que salga de esas islas sin sus famosas cajas de ensaimadas? ¿Qué pasa con las quesadillas de El Hierro? ¿Y los rosquetes Laguneros? ¿Qué pasa con el bienmesabe y el queso de almendra palmero? ¿Y con los suspiros de Moya? Hacer marca de lo que nos distingue y nos hace diferentes. Pasa igual con la gastronomía. Existe en Canarias un tremendo complejo de inferioridad, de vergüenza, de sentirse pequeño, y es que no nos damos cuenta de que tenemos entre las manos un tesoro de incalculable valor. Y eso es una marca poderosa. Cuando un producto deja de ser solo producto y empieza a significar algo, ahí pasan cosas. Ahí hay magia. Ahí hay negocio y hay futuro.
La ponencia de Aliter Dulcia debería trascender GastroCanarias porque toca una tecla fundamental para el momento que vive la gastronomía: ya no basta con cocinar bien, hacer buenos dulces o tener un local bonito. Eso es la base, no el diferencial. Hoy competimos también por significado. Por relato, memoria y emoción. Y en medio de tanto contenido, tanto ruido, tanto “mira qué bonito”, Isabel dejó una frase que debería quedarse pegada en la pared de muchos obradores y restaurantes: "Lo verdaderamente revolucionario hoy es tener una voz propia". No una voz perfecta. No una voz viral. No una voz copiada. Una voz propia. Porque quizá de eso va construir marca con sentido: de dejar de perseguir lo que funciona fuera y empezar a escuchar, con honestidad, qué demonios tenemos que decir nosotros. Y tenemos mucho que decir.

















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