
Hubo un tiempo en que el mundo sabía a Canarias. No es nostalgia, es historia. Antes de que el marketing inventara las denominaciones de origen, en las tabernas de Londres solo hacía falta pronunciar una palabra para invocar el sol. Canary. Musicalmente también delicioso.
Shakespeare lo bebía para encender sus versos, el exuberante Falstaff presumía en Enrique IV de su debilidad por el “sack” y los barcos que dibujaban el mapa del Nuevo Mundo no zarpaban si sus bodegas no crujían bajo el peso de la reina Malvasía. Barricas que partían rumbo al norte de Europa, a las colonias americanas o a cualquier puerto dispuesto a pagar por aquel líquido dorado y aromático que parecía capturar el sol de las islas.
Pero este no es otro artículo sobre barcos y reyes. Es la crónica de un milagro geológico que hoy, cinco siglos después, está provocando que los sumilleres de Copenhague y Manhattan pierdan la cabeza.
Y, sin embargo, hoy su historia sigue siendo uno de los grandes secretos del vino europeo.
La cuestión es cuestión tan pequeña y grande como el ADN de lo imposible. El del vino inevitable. Mientras Europa lloraba a finales del XIX viendo cómo la filoxera devoraba sus viñedos, Canarias levantó un muro de agua y basalto. El bicho no pasó. ¿El resultado? Un museo vivo. Aquí no plantamos esquejes modernos sobre raíces americanas. Aquí las cepas hunden sus dedos directamente en la tierra, sin intermediarios. Sus pies son francos. Este ADN pre-filoxérico es una conexión directa con el sabor de la Pangea que el resto del continente perdió para siempre.
El resultado es un paisaje patas arriba, del revés, sinigual. Es un patchwork geológico en incesante transformación. Es también un salto alado del cráter al trenzado.
En Lanzarote esta relación entre fuego y agricultura alcanza un nivel que roza el surrealismo. Tras las erupciones de Timanfaya en el siglo XVIII, enormes extensiones de la isla quedaron cubiertas por una capa de ceniza volcánica de varios metros de profundidad. Lo que podría haber significado el fin de la agricultura se convirtió en uno de los paisajes vitícolas más extraordinarios del planeta.
Para alguien que se estrene el La Geria, sus técnicas de cultivo allí parecerán más propias de la ciencia ficción. Cómo cultivar en el reverso de la lógica. Hoyos profundos en el picón negro, muros de piedra seca que parecen escamas de dragón y una lucha cuerpo a cuerpo contra el viento. Es arquitectura lunar hecha con sudor y sal.
El delirio continúa si cambiamos la mirada al Valle de La Orotava. El cordón trenzado no es solo una técnica. Es una escultura vegetal que repta por el suelo. Una trenza de madera vieja que guarda el secreto de generaciones que se negaron a domesticar la viña. Aquí no hay máquinas. Aquí hay vértigo, laderas imposibles y vendimias heroicas con el pulmón como único motor.
Durante buena parte del siglo XX estos vinos permanecieron relativamente al margen de las grandes conversaciones del vino mundial. Eso terminó. La mirada ha cambiado. La de dentro y la de fuera. La primera movida por la curiosidad y la salvaguarda del legado.
La segunda, la del mundo del vino en su globalidad. Después de décadas obsesionado con estilos internacionales, el interés se ha desplazado hacia vinos de identidad, de lugar. Esos cargados de paisaje y alma. Y en ese nuevo mapa, Canarias ocupa un lugar de altura.
En este jardín jurásico particular, las variedades suenan a conjuro antiguo. Marmajuelo, Baboso Negro, Vijariego, Gual, Negramoll. Nombres que casi mueren en el olvido, pero solo “casi”. Los propios elaboradores, férreos escuderos, salvaguardan este jardín por el que sienten devoción y orgullo. Ellos abrazan fuertemente su rareza.
Hoy, con cada descorche de vino de estas islas se libera un verdadero atrapasueños geológico que ya no pide perdón por ser distinto. Sabe a pólvora, a azufre, a ceniza húmeda y a salitre.
En cada copa hay puro vértigo. El de los balcones hacia el abismo. Hay resistencia en el pulso de cepas centenarias que sortearon la filoxera. Y hay memoria viva.
La historia está empeñada en cerrar el círculo. Basta con testificar que el Canary ha vuelto, aunque esta vez no viaja en galeones de madera.
Tampoco el vino de Canarias permanece como ese secreto que perdió la voz en Europa. Ahora está despierto, algo cansado de lo previsible y con ganas de revancha. Persigue el triunfo de la raíz y está volcado en un trabajo frente al espejo nunca antes visto.
Hay sal en los nuevos aires. Hay siglos de navegación atlántica. Hay una fresca certeza de que estas islas, que coronaron el vino mundial hace quinientos años, están estrenando etapa.
Avisados quedan. Esta nueva era para el vino canario será aún más inevitable que la primera.
















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