
Así se cultiva el futuro en La Palma: producto ecológico, transformación local y turismo agrícola en un solo proyecto
VivaVida Food es un proyecto integral de transformación local con conciencia agroecológica. En Tijarafe producen snacks de tomate que saben a pizza, caramelos de plátano y una gama cada vez más amplia de alimentos vegetales que suponen una pequeña revolución en la gastronomía rural canaria.
La idea matriz es sencilla de formular y compleja de ejecutar: producir, transformar y comercializar en origen, concentrando toda la cadena de valor en el territorio bajo criterios de agroecología y preservación del paisaje agrario. El resultado es una línea de productos locales originales —salados, dulces, frutas deshidratadas, sales de hierbas y aceites— que ya empieza a abrirse paso en el mercado gourmet y de especialidad de las ocho islas.
La gama actual ronda entre quince y veinte referencias. Hay snacks salados a base de tomate, calabaza o habichuelas con especias; fruta deshidratada de manzana, mango, kaki, pera, ciruela o fresa; y caramelos de plátano que, como explica Jorge Guerra, nacen de una especie de mousse que luego deshidratan hasta convertirla en un bocado de identidad muy isleña.
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Una de las claves del proyecto está en la autosuficiencia. VivaVida Food rompe con una dinámica demasiado habitual en el sector primario palmero, donde el productor entrega la materia prima y otros capturan el valor añadido. Aquí la apuesta ha sido cerrar el círculo: producir, transformar y vender. También fijar empleo en el medio rural. De hecho, ya dan trabajo a unas diez personas en Tijarafe.
Aunque los productos más populares son los snacks de tomate y los caramelos de plátano, la oferta va mucho más allá. Elaboran también aceites de oliva y aguacate, además de condimentos con hierbas aromáticas y medicinales como orégano y mejorana, mezcladas con sal marina de La Palma. Sus productos ya están presentes en varios puntos de venta por isla, especialmente en tiendas ecológicas, dietéticas y establecimientos orientados al visitante.
La arquitectura agrícola del proyecto también tiene lógica territorial. Trabajan con fincas situadas a distintas cotas de altitud, lo que les permite diversificar cultivos y asegurar producción durante buena parte del año. En las zonas más cálidas cultivan hortalizas y subtropicales; a media altura, frutales como el mango; y en cotas altas, olivar. Esa organización en terrazas no solo responde al paisaje, sino también a una estrategia de continuidad, calidad y adaptación climática.
Los productos se cultivan siguiendo procedimientos ecológicos y luego se trasladan a un centro de transformación donde se trocean, lavan y desecan en un horno de infrarrojos. De ahí sale su producto estrella: el snack de tomate, crujiente, intenso y con una evocación gustativa que, según sus creadores, recuerda a la pizza. Un hallazgo que resume bien el espíritu del proyecto: producto local, técnica, intuición y capacidad de sorprender.
Pero VivaVida Food no se entiende solo desde el catálogo. Se entiende desde una mirada más amplia sobre La Palma: agricultura ecológica, economía local y un turismo que mira al campo. No esperan a que el mercado aparezca por sí solo; lo construyen con pedagogía, experiencia gustativa y presencia en ferias sectoriales. Saben que hay un público cada vez más receptivo a los alimentos de alta calidad nutricional y al consumo con sentido.
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También saben que esa apuesta tiene costes. Jorge Guerra habla sin disfrazar la dificultad: producir dentro de un sistema agroecológico, remunerar decentemente la mano de obra y fijar empleo rural encarece el producto y limita la rentabilidad inmediata. Pero la lógica del proyecto no se agota en el beneficio a corto plazo. La agroecología también deja suelo fértil, cuida el agua y conserva un paisaje que debe llegar vivo a quienes vienen detrás. Para reforzar la viabilidad económica, además, cuentan con una pequeña finca vacacional donde el visitante puede experimentar de primera mano ese modelo agroecológico.
La modernidad del campo, sin embargo, no llega sola. Acceder a ayudas, cumplir con la trazabilidad, la seguridad alimentaria o la protección laboral exige una profesionalización burocrática que desmonta la imagen romántica del agricultor aislado. Hoy, en el campo, hace falta casi tanto un oficinista como un cultivador.
La propuesta de VivaVida Food no pretende ser una panacea para la despoblación rural, pero sí una vía concreta para fijar población, transformar excedentes y generar empleo de calidad desde el territorio. Del campo a la oficina, de la finca al punto de venta, el proyecto se sostiene sobre una idea clara y una gran vocación profesional. Al frente, Jorge Guerra y Carolina Hollander intentando construir la utopía.















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