Donde el vino tiene cara y voz

Crónica de la III Feria del Vino de Harvest Distribuciones

GastroCanarias / Rafa Torres (@clubclandestinodecata)
Viernes, 10 de Abril de 2026 Tiempo de lectura:

 

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Hay quien piensa que una feria de vinos es una fila de mesas y copas. Yo cada vez lo veo más como un reencuentro con gente que habla el mismo idioma. Es abrazar a alguien que llevas meses leyendo en Instagram y WhatsApp y por fin ponerle tono de voz a sus vinos. Es conocer a bodegueros las historias que hay detrás de cada proyecto. Es establecer conversaciones sobre lo que hemos estado bebiendo fuera de la feria. Es también un poco de arreglar el mundo.


En la III Feria de Vinos de la distribuidora Harvest Distribuciones, entre ruido de copas, de risas y conversaciones eternas, no arreglamos el mundo (o no del todo). Pero sí todo lo demás. Y encima, catamos vino bueno. Estuve un ratito por la mañana y había un grupo reducido, pero por la tarde, nada más entrar por la puerta, notabas la energía del salón. La gente hablaba sin parar, iba y venía entre mesas, se aglomeraba alrededor de Vicky Torres. Lo normal, vamos.


Era difícil encontrar un hilo conductor. Había tanto y tan variado que intentar sacar una tendencia parecía tarea de alguien con más conocimientos que yo. Pero sé que la energía del espacio era eléctrica y contagiosa. No sabría decirte si había una tendencia clara en las copas, pero sí en las caras: mucha gente con ganas de hablar, de contar, de explicar lo que están haciendo. Al final, más que buscar el mejor vino del salón, yo estaba buscando
historias que merecieran la pena seguir.

 

Tres encuentros que todavía me rondan


Lejos de ponerme a escribir un recorrido por todo lo que probé, que para eso está mi Instagram, quiero quedarme con algunos sorbos, momentos y personas que aún hoy tengo muy presentes:


Una de las primeras personas que vi nada más llegar por la tarde fue el bueno de Gonzalo Santana y, al preguntarle por dónde me recomendaba empezar, me mandó corriendo a probar el Sutsu. Un Txakoli Ancestral monovarietal de Hondarrabi Zuri de la bodega alavesa Bat Gara. Y menos mal, porque llegué a la última copa antes de que se acabara. Imagina el frescor cítrico del txakoli y añádele el bailoteo de un espumoso. Al tenderete que ya tiene el txakolí, súmale aún más frescura. Más sol. Más fiesta. Lejos de venir a recomendarte que busques este vino como si no hubiera un mañana (que también), se me grabó en la cabeza el hecho de que da igual las botellas que hayas probado, siempre habrá una que te deje patinando.


En estas ferias suelo dar alguna vuelta extra a cada rato. Para ubicarme. Para recordar lo que tenía apuntado. En una de esas vueltas crucé la mirada con Sofía de Piedra Fluida, que estaba sola en su puesto y, sin ni siquiera confirmar los vinos que quería probar (Frontones, Vidal y Ojitos), me acerqué y compartimos un ratito bueno explorando la gama completa mientras me hablaba de la bodega y su filosofía. Me acerqué sin tener claro qué iba a probar y me fui con una lista nueva en la cabeza. Días después, el Orange ya estaba en casa; tenía ese punto serio y jugoso que te baja las revoluciones. Pero sobre todo me fui con la sensación de que cuando alguien te habla así de su proyecto, da igual el color del vino: quieres formar parte de eso.


Una de las personas más interesantes con las que coincidí fue Raúl García. Un viñerón con un proyecto increíble llamado Sentiterra. Su idea es sencilla y potente: ayudar a pequeños productores que hasta ahora vendían su uva o hacían vino solo para casa a levantar su propio proyecto. Me contó que la gente con la que se asocia tiene que poner la viña y la ilusión por las cosas bien hechas, que con el resto te ayuda él. Desde la maquinaria hasta la
etiqueta y la web, él se encarga de todo. Me pareció casi revolucionario: gente que tiene viña pero no estructura, y alguien que les dice “pon la tierra y las ganas, que el resto lo armamos juntos”.


Y es que encima el nivel de los resultados es altísimo, como ya han demostrado proyectos como Raza Vino de Autor y Vinos El Medianero, que si los conoces, sabes que son dos absolutos pepinos de proyectos. En un sector donde muchos viticultores se quedan en vender uva a granel, que alguien les proponga construir marca propia me
parece una forma real de dar valor y dignificar su trabajo.

Lo que me faltó


Por otro lado, hubo un par de cosas que me hubiese encantado hacer. Algunas por falta de tiempo y otras por mi propia personalidad, que me sabotea en ciertas situaciones sociales. A veces en estos eventos me puede más la timidez que la curiosidad.


Me hubiese gustado charlar con Vicky Torres, escucharla contar su historia con una copa en la mano, decirle lo loco que me vuelve el malvasía seco. Lo mismo con muchos otros productores. Las historias que escuché de boca de los bodegueros y viticultores eran cautivadoras. Son, en realidad, el alma del vino. También me hubiese gustado encontrar ratitos con amigos que asistieron y que no llegué a ver, compartir la copa e intercambiar
impresiones…


Supongo que eso es lo bueno de estas ferias: que siempre te dejan algo pendiente para la
próxima.


Más allá de la copa


Estas ferias y salones del vino acercan a los profesionales del sector y el vino deja de ser etiqueta y se convierte en conversación. De aquí salen mensajes al día siguiente, fotos a botellas de las que no te puedes olvidar y conversaciones que siguen semanas después. Charletas, amistades y quedadas. Es importante ir para poner cara a los proyectos y que se la pongan al tuyo. Al final, el vino es más que hay dentro de la botella. Es también que alguien te hable y te mire mientras te lo sirve. Menos mal que pronto volveremos a cruzarnos con las copas en la mano en GastroCanarias.
 

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